La Anunciata

escudoQuiso el Padre Coll que sus hermanas fueran dominicas y así las vió siempre, como “ramas recientemente producidas por el árbol de la Tercera Orden de mi Padre Santo Domingo”. La misión que les confiaba también estaba dentro de la orden: “Que diesen y esparciesen la fragancia de la verdadera doctrina, enseñándola en las poblaciones grandes y pequeñas, con su palabra y ejemplo”. (Para saber más sobre el Carisma Dominicano, pulsa aquí.)

Las quiere sobre todo religiosas, que atiendan con solicitud a su santificación y a la de sus prójimos. Que sean humildes, caritativas, fraternas, generosas, alegres y dispuestas a darlo todo por Cristo en el servicio a sus hermanos, especialmente los niños y jóvenes.

Especial importancia dió a la oración y al estudio. Siguiendo el ejemplo de la vida orante de Santo Domingo, quiso que “la vida de las hermanas fuese vida de oración”, buscando siempre a Dios para conseguir la necesaria y hermosa síntesis del ser contemplativo y apóstol. “Contemplari et contemplata aliis tradere (contemplar y dar lo contemplado)”. El estudio es un elemento constitutivo de la vida dominicana. Desde el comienzo exhortaba a las hermanas a estudiar, estudiaba con ellas, les exigía que se prepararan bien para la misión que ellas debían realizar y, sobre todo, las animaba con su ejemplo y ardiente celo a ser verdaderos apóstoles predicando la verdad en todo tiempo y lugar.

Audaces en la misión, no dudaron de sus posibilidades de ser buenas maestras y mejores religiosas; esparcidas por todos los pueblos en pequeñas comunidades, eran exáctamente lo que el Padre Coll había soñado.

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